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Transformers: el último caballero – La reseña

Por el Jueves 20 de Julio de 2017
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No está mal reescribir la historia real con elementos de ficción para elevar el interés hacia una propiedad intelectual, muchas películas y videojuegos lo han hecho efectivamente durante décadas y no es una práctica que vaya a menguar. La franquicia cinematográfica de Transformers tampoco ha sido la excepción desde su nacimiento hace ya una década, introduciendo con cada nueva entrega elementos de los seres de Cybertron en la historia de la humanidad.

El problema es que a estas películas se les ha ido un poco la mano reescribiendo los eventos reales al punto de que cada vez la continuidad no vale nada, así como el argumento de aquella primera cinta y las que le siguieron, cada una más apocalíptica que la siguiente.

Por eso cuando desde el principio de Transformers: el último caballero (The Last Knight) se nos ubica en el año 484 Después de Cristo, con el verdadero Rey Arturo y sus caballeros de la mesa redonda, un inusual Merlín y la realidad detrás de sus supuestos poderes mágicos, es cuando más se siente errónea la forzada idea de meter a los Transformers en absolutamente toda la historia del mundo. Como el único motivo por el cual hemos avanzado y sobrevivido como civilización.

Siendo justos no suena mal el concepto de los dragones europeos siendo un conjunto de caballeros Transformers, pero que absurdamente estos le prometan lealtad a los ínfimamente débiles humanos y en adelante se forme una especie de sociedad secreta para mantenerlos protegidos ante la sociedad, es la excusa más pobre que pueda satisfacer a las anteriores películas.

Pero sin necesidad de ir tan atrás como si lo hace Transformers: el último caballero en su argumento, la última película de Michael Bay en su filmografía peca de repetición y tedio con elementos ya vistos en anteriores ocasiones, o aquellas acostumbradas escenas de acción donde ocurre tanto a la vez pero el espectador no logra captar mucho en realidad.

Aunque la trama clasifica a los Transformers como alienígenas ilegales y señala que se ha establecido una fuerza multinacional para su destrucción, estos no dejan de aterrizar en la Tierra y dejar destrozos a su paso, incluyendo la propia ciudad de Chicago de la que solo quedan ruinas (Dark of the Moon).

Mientras la ausencia de Optimus Prime se presenta como el drama robótico por excelencia, quien partió hacia Cybertron en busca de su creadora, los humanos nuevamente participan como si fueran los protagonistas, aunque nunca hayan sido necesarios en el planteamiento. Es lógico que en ningún momento se va a ver una cinta live-action donde predominen los Transformers y no las irrelevantes tramas humanas, esto por el costo tan alto de los efectos digitales en su recreación y la necesidad de actores de renombre para atraer taquilla.

Pero tampoco es que ver a Mark Wahlberg regresar como Cade Yeager de Age of Extinction sea un enorme aliciente. Ciertamente es más soportable que el Sam Witwicky de Shia LaBeouf, pero tampoco es un personaje lo suficientemente interesante como para darle la relevancia que recibe en The Last Knight. Y aquella vieja excusa de “el destino así lo quiso” resulta más perezosa para justificar la introducción del personaje desde la anterior película.

Lo cierto es que ver diminutos humanos a los pies y en medio de las peleas colosales de Transformers no hace más que reflejarlos como el estorbo que en verdad son, siempre involucrados con un objeto tecnológico o “Macguffin” determinante para la civilización de Cybertron, pero capaz de aniquilar la Tierra.

Déjà vu tras déjà vu.

Como cuota femenina y ante la ausencia de la hija de Yeager, la profesora Viviane Wembly interpretada por la inglesa Laura Haddock (Da Vinci’s Demons, Guardians of the Galaxy Vol. 2) pone su parte intelectual un poco más destacable que las anteriores mujeres protagonistas. Lamentablemente cae en el mismo esquema de Cade Yeager y su forzada integración, en una historia que incluso conociendo que es ficción, el espectador lucha por encontrar el motivo suficiente para emocionarse.

Anthony Hopkins como Sir Edmund Burton es otro de los debutantes, como caballero encargado de proteger un secreto que después de cuatro películas y una quinta en curso ya no tiene sentido guardar. Josh Duhamel regresa desde la trilogía original en su papel del militar William Lennox, ahora encargado de cazar Transformers y sin cambios notables o importantes en su desarrollo.

En cuanto a los Transformers en si, el equipo de Autobots reutiliza la mayoría del elenco de Age of Extinction, mientras que los Decepticons liderados por Megatron encuentran algunos nuevos integrantes además del retornante Barricade. Los doce Caballeros de Iacon originarios de Cybertron y aliados del Rey Arturo resultan imponentes en su forma conjunta draconiana, y por el lado de Quintessa vemos una presunta “tecno-diosa” de los cibertronianos con consecuencias más bien decepcionantes.

En medio de todo pareciera que la culpa recae más en el cuarto de edición, ya que además de un excesivo uso de cámara lenta tan característico, las escenas resultan no emparejar en varias ocasiones independientemente de su incoherencia argumental. Esto es un conflicto que se extiende más tiempo del necesario ante el agotado o poco interesado punto de vista del espectador. En especial porque en The Last Knight se sienten mucho más claros esos momentos donde los actores estaban actuando solos ante un fondo verde, y no junto a milenarias criaturas mecánicas intergalácticas.

Es muy difícil juzgar a Michael Bay cuando en el pasado nos trajo emotivos filmes como The Rock, Bad Boys, el experimento Pain & Gain y la producción de series magnas como Black Sails. Pero el Michael Bay de Transformers: el último caballero deja claro que definitivamente es el momento indicado para retirarse de la saga, lamentablemente no con una conclusión satisfactoria. Irónicamente Paramount Pictures solo piensa en expandir su universo con un spin-off de Bumblebee y una sexta película más en la línea principal, donde incluso el apresurado final en The Last Knight pone las no muy prometedoras bases.

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