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Yooka-Laylee – La reseña

Por el Jueves 20 de Abril de 2017
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Desde el momento en que arranca Yooka-Laylee con el logo de Playtonic Games reminiscente al de Rareware, siendo apropiado por un par de ojos saltones tan típicos en sus predecesores espirituales, la mente empieza a formar la idea de que estamos ante un título desarrollado por aquella compañía que en 1998 brindara al mundo su aventura en plataformas titulada Banjo-Kazooie.

Todo es tan familiar que ambos juegos parecieran del mismo y compartido universo, lo cual no solo era la intención de Playtonic cuando presentó su ‘Proyecto Ukulele’ en Kickstarter un 1ro de mayo del 2015, para ver las metas superadas con creces 46 días después, el 16 de junio del mismo año. También era una promesa.

Una promesa para todos aquellos que vieron la compra de Rare por parte de Microsoft como el fin de una era que brilló en SNES y Nintendo 64, y que a pesar de intentos como Banjo-Kazooie: Nuts & Bolts en Xbox 360, se alejó por completo de todo lo que encantó a miles de fanáticos en las primeras dos entregas de la franquicia (con la secuela en medio Grunty’s Revenge para GBA).

Ese esperado Banjo-Threeie nunca se materializó con la nueva Rare, pero entonces un equipo de veteranos y exempleados de la longeva compañía unieron fuerzas en 2014 para fundar Playtonic Games, un ‘dream team’ con artistas, programadores, creativos, mentes maestras detrás de series como Donkey Kong Country, Viva Piñata, y por supuesto Banjo-Kazooie. De esta manera nació el ‘Proyecto Ukulele’, un sucesor espiritual cuyo instrumento musical daría vida fonéticamente a Yooka-Laylee, igualmente protagonizado por una pareja dispareja, una dupla dinámica, un par de caricaturescos animales directamente extraídos de los noventa.

Yooka, el camaleón, y Laylee, satírica murciélago, cumplen a la par los roles que en su momento correspondieron a Banjo (macho) y Kazooie (hembra). Desde el principio y con nulas explicaciones entendemos que son amigos entrañables, compañeros de aventura, hermanos que se cuidan el uno al otro. Incluso si se trata de enfrentar una mega corporación liderada por el abejorro Capital B, efectivamente un capitalista que desea apropiarse de toda la literatura en el mundo para hacerse a un monopolio sobre la industria de los libros. Gracias a un todopoderoso libro, denominado “El Libro Único”, este antagonista planea reescribir el universo entero.

Pasando por la pantalla de selección de archivos que tampoco disimula su esencia Rareware, están los cuadros de diálogo que parecen como reproducidos en N64 con todo y sus cacofonías distorsionadas en lugar de voces. Como jugador es imposible no imitarlas de vez en cuando, sea por lo curiosas o por ese mismo ambiente sobrecargado de nostalgia, pero también pueden llegar a cansar. Tal vez la historia sea simple y vaya directo al grano, pero eso no evita que entre el diálogo de Yooka-Laylee encontremos líneas sabiamente escritas como auto-burlas, especialmente dirigidas a esa época noventera que da inspiración al juego.

Usualmente provenientes de la poco prudente Laylee, o de personajes secundarios como un poligonal dinosaurio llamado Rextro  ̶̶ que es la referencia directa a los 64-bit ̶̶ , el juego no guarda reservas ni temor alguno en burlarse de sí mismo, por aspirar a ser y cumplir lo que le prometió a sus backers en Kickstarter: una secuela espiritual de Banjo-Kazooie, pero con mundos mucho más grandes y vistosos. Vaya que lo son.

Todo se basa en el coleccionismo, por eso mismo los equivalentes son más que claros cuando accedemos al área central o ‘hub’, desde donde a su vez se puede ingresar a los diferentes libros que representan los mundos temáticos, como ocurría por ejemplo en Super Mario 64 y el área del castillo por medio de cada pintura, o en la misma cueva de Gruntilda. En lugar de notas musicales, en Yooka-Laylee encontramos ‘Quills’ (plumas) como el elemento más común, una especie de moneda que sirve para comprarle nuevos movimientos a una serpiente con pantalones, teléfono y sombrero, por extraño que parezca.

Pero dado que el objetivo primordial es rearmar El Libro Único, son las ‘Pagies’ (como los Jiggy o piezas de rompecabezas) esparcidas en cada mundo la meta más importante, ya que entre mayor cantidad de ellas sean reunidas, nuevos libros temáticos pueden ser desbloqueados o expandidos, desenvolviendo lentamente el camino hacia Capital B. Además, cada encuentro con una ‘Pagie’ es el único método conocido para guardar la partida de manera automática, una extraña ausencia en el menú de pausa que en ocasiones puede cobrar tiempo valioso, si se debe abandonar el juego tras coleccionar otros elementos desde el último punto de guardado, pero sin haber encontrado una ‘Pagie’ adicional.

Por otra parte, encontramos el símil de los Jinjo de colores, estilizados en esta ocasión como ‘Ghost Writers’ (fantasmas escritores), escondidos en diferentes partes de los mundos abiertos y con uno que otro truco para ser capturados. Algunas veces hasta se burlan si Yooka y Laylee lo intentan en vano. Otros coleccionables incluyen expansores de salud y poder (estamina); una “molécula” para habilitar transformaciones que recuerdan a las ofrecidas por Mumbo Jumbo (como una planta o una barredora de nieve); un tesoro pirata oculto y una moneda para probar minijuegos retro en el arcade gigante de… Rextro.

Con solo ingresar al primer mundo jugable, Tribalstack Tropics, una colorida jungla de islas flotantes, ruinas y templos nativos que hacen pensar en Donkey Kong 64, podemos darnos una idea principal de la evolución de Yooka-Laylee como género de coleccionismo en plataformas. No solo por la magnificencia gráfica en comparación con los 64-bit, que hace relucir la vegetación y entornos como un trabajo más dedicado por parte del equipo de arte, sino por las mismas habilidades y movimientos que comparten Yooka y Laylee, lo bastante pulidos y solo entorpecidos ocasionalmente por una cámara rebelde. Esta última es libremente manipulable, pero colisiona en ciertas barreras verticales de forma poco natural.

Un cameo justificable. Próximamente Yooka y Laylee en sprites 2D.

Una vez conocidos los personajes de soporte recurrentes (que no se pueden acusar de no ser originales), el par protagónico va expandiendo su abanico de movimientos, permitiendo saltar más alto, volar por un corto periodo de tiempo, expulsar temporalmente fuego, agua o hielo, caminar bajo el agua, entre otros. Sin embargo, al igual que resultaba más rápido y satisfactorio correr con Kazooie teniendo a Banjo sobre su espalda, es mucho mejor cuando Laylee toma el control de Yooka como si este último fuese una rueda, completamente maniobrable. Por supuesto, también existe una mayor ventaja al controlar un ágil reptil en lugar de un más pesado oso, mientras que los paneles de miel son reemplazados por mariposas que recuperan la salud.

Esta libertad de habilidades forma un conjunto ideal con el mapa de juego propuesto, uno que no guía de la mano al jugador y que, a pesar de consistir en mundos abiertos separados con ambientes congelados, pantanosos, un casino y una galaxia de piratas espaciales, no se deja seducir por la modernidad insertando un mini mapa. Quizás muchos vean esto como algo negativo, dada la costumbre de los jugadores en los títulos de mundo abierto a mirar todo el tiempo hacia una esquina inferior de la pantalla, para dirigirse a la próxima misión secundaria u objetivo. Pero eso es un error. Así como ese tipo de juegos se disfruta más sin dicha clase de ayudas visuales, aprendiendo en su lugar a apreciar el mundo virtual que nos rodea, Yooka-Laylee lo enseña sin ofrecer de manera predeterminada tal tipo de opciones. Poco a poco la mente se adapta y la recordación de los niveles se incrementa con la continua exploración.

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Cada libro o mundo por recorrer dispone de un jefe que en las primeras ocasiones resultan siendo simplemente “muros movibles”, pero que avanzando en el juego logran incrementar el reto y la diversión a niveles más entretenidos y creativos. Tampoco se olvidan los guiños a otros juegos de Rare, gracias a elementos como una vagoneta minera llamada Kartos con su respectivo recorrido y los minijuegos arcade, muchos de los cuales en niveles avanzados pueden llegar a ser frustrantes.

Si hay un sentido de familiaridad que ayuda a Yooka-Laylee a impregnarse de la antigua fórmula en la era Rareware (1994–2003), ese es su apartado sonoro. Si bien Grant Kirkhope, compositor de Banjo-Kazooie y Banjo-Tooie, hace parte del equipo encargado de Yooka-Laylee, a él se unieron Steve Burke y el legendario David Wise, quien no solo es el genio musical detrás de la trilogía Donkey Kong Country, también el encargado de un largo legado en los juegos de la antigua Rare. Es esta fusión musical de artistas la que le brinda con mayor autonomía el espíritu original de hace dos décadas a esta nueva entrega.

No hay temor de equivocación al afirmar que Yooka-Laylee no fue hecho para atraer nuevas generaciones de jugadores al estilo (para algunos ya envejecido) implantado por Banjo-Kazooie. Bien si Playtonic lo consigue, pero lo que la compañía buscó con ahínco fue satisfacer a todos sus patrocinadores de Kickstarter y fanáticos del Rareware de los noventa con una sobrecarga de nostalgia. No existe absolutamente nada de malo en cumplir las promesas a cabalidad. Si el resultado es un producto que no se siente de este tiempo pero que le da un toque de pintura fresca y vibrante a una querida fórmula antigua, bienvenido sea. Simplemente a veces es bueno volver a lo básico viviendo en una más compleja era moderna.

Reseña hecha con una copia digital de Yooka-Laylee para PS4 brindada por Team17.

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