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Ghost Recon Wildlands – La reseña

La salvaje Bolivia a nuestra merced.

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El negocio ilegal de las drogas lleva décadas penetrando tanto social como políticamente gran cantidad de países latinoamericanos. El narcotráfico no es solo comerciar estupefacientes, es un peligroso cóctel que involucra armas, trata de personas, violencia y muerte que para países como Colombia o México ha sido el causante de muchas desgracias. El nuevo juego de Ubisoft aborda esta temática llevándola al límite y dejando ver lo que sería el sueño de todo cartel de drogas.

El argumento general de Ghost Recon Wildlands presenta un conflicto político donde un cartel de droga internacional logra penetrar profundamente al débil gobierno ficticio de Bolivia, básicamente haciéndose con el control del país. Este imaginario estado fallido ahora es la utopía de los narcotraficantes, que ven su negocio como un llamado sagrado de la santa muerte.

El objetivo de Wildlands es sencillo: acabar con el cartel de Santa Blanca destruyendo su cabeza, el maniático «El Sueño», cuyo perfil se aleja del tradicional, limpio y elegante capo tipo Pablo Escobar o El Chapo Guzmán, presentando un villano más sucio, como parte de un ghetto y líder de pandilla lleno de venganza. Sus sueños relacionados al negocio de las drogas son para él un llamado divino.

Para cumplir la meta, el jugador no estará solo, pues cuenta con tres compañeros y una gran cantidad de gadgets tecnológicos y armas que servirán para realizar misiones más tácticas y “limpias”, donde los enemigos no tendrán ni oportunidad de defenderse. O al menos, esta es la premisa, pues en gran cantidad de escaramuzas todo termina en confrontación directa.

El juego hace bien en presentar el conflicto como una posibilidad plausible para un país débil cuando hay mucho dinero sucio de por medio, sin embargo, cae en el cliché del héroe gringo y ‘salvador blanco’ tratando de proteger el mundo una vez más. En este caso, el equipo Ghost Recon básicamente tiene la capacidad de todo un ejército para acabar con miles de militantes del cartel, que armados hasta los dientes y con aparentes recursos ilimitados pelearán por mantener control del país.

Nuestro personaje, solamente se limita a cumplir y seguir órdenes; aunque a lo largo del juego hay interesantes charlas que dan más información del conflicto, al final se es simplemente un instrumento que sigue misiones y completa objetivos.

Para llegar al capo, se bebe destruir la estructura jerárquicamente, por lo que se conocerán más subordinados de éste en cierta estructura organizacional. Estos subordinados van desde exmilitares, famosos unidos a la causa del cartel o tradicionales matones.

Los escritores se esmeraron por hacer perfiles muy diferentes que se acercan a lo que se ve en la realidad: el sobrino de un millonario en malos pasos, la chica “prepago” que obtiene poder, el matón que solo está por el dinero, el policía corrupto, etc. Resulta muy agradable y curioso ver las escenas cinemáticas que describen cada uno de estos personajes, ya que le da más sentido al objetivo del jugador.

El mundo abierto de Ghost Recon Wildlands se presenta como una especie de metamapa lleno de sectores, cada uno controlado por un lugarteniente que a su vez tiene sus propios lugartenientes. Para tumbar a uno de estos cabecillas, se debe derrotar al menos tres dirigentes de su estructura. Esto hace que la mecánica general del juego se vuelva repetitiva y para algunos algo monótona, pues siempre se sigue el mismo patrón de realizar ‘x’ misiones para llegar a ‘x’ jefe.

La ambientación de este mundo abierto está muy bien lograda, se encuentra prácticamente todo lo que se espera ver en Bolivia: Minas de plata, una gran zona acuática –semejando al Titicaca–, selva, desiertos, páramos y nevados. Hay muchos detalles en los pueblos, que pueden lucir como en cualquier nación latinoamericana con sus diseños de las construcciones. El gran pero aquí es que este mundo parece muerto, cuenta con apenas fauna y está lleno es de enemigos regados por todo el mapa que intentarán dispararte.

Si bien desde un inicio el jugador puede acceder a todas las regiones que tiene Wildlands, este parece no querer ser explorado y llena de trabas la aventura. Por un lado, cada zona tiene “nivel de dificultad”, por lo que en algunas es mucho más difícil sobrevivir. Si se usan vehículos aéreos, existen toda clase de obstáculos, como por ejemplo cohetes o helicópteros, que impiden tener una vista aérea tranquila del país.

El lunar de la Bolivia de Wildlands es que está llena de contradicciones entre el argumento y la sociedad que se presenta. Más allá de encontrar un país lleno de helicópteros y gente armada hasta los dientes por todo lado, en el caso particular del doblaje latinoamericano, se presentan la mayoría de gente con acento mexicano –a propósito–, y la única música es norteña. La santa muerte, deidad que venera el cartel, está regada por todas partes “orgánicamente”. Es decir, el país fue tomado por un cartel mexicano en el argumento del juego, no en mucho tiempo, entonces ¿por qué Bolivia parece más una región de México que un país sudamericano? Fuera quedaron la música andina, la pacha mama y muchas tradiciones autóctonas del país.

La jugabilidad general de Wildlands funciona muy bien, este título está diseñado para hacer lucir las armas y artilugios militares de inteligencia –y así funciona– además posee un sistema de niveles de personaje que permitirá personalizar su estilo de combate y mejorar su arsenal. El manejo de vehículos es similar al de otros títulos de Ubisoft, quizá la única diferencia es que por el diseño de carreteras y terrenos, la mejor opción siempre será un todo terreno cuando se anda en carro, o de cualquier otra forma, un helicóptero para cubrir tramos intermedios.

Como todo Ghost Recon y para fortuna de los jugadores –pues al final de cuenta es lo que busca esta serie– el fuerte está en el modo multijugador cooperativo, que saca al título de la monotonía del modo de un solo jugador. Aquí la inmensidad del mapa cobra sentido. Planear operaciones con los compañeros, que entre insultos y gritos logran eliminar un objetivo luego de estudiar bien la zona o robar un avión (por ejemplo), resulta realmente divertido y seguramente entre grupos de amigos es un juego que dejará memorables anécdotas.

Ghost Recon Wildlands hace una buena demostración de cómo debe ser un juego cooperativo en un mundo abierto, sin embargo, este mundo abierto, que tiene gran escenografía, no está a la altura de otros vistos en esta generación y se ve más como una excusa para justificar la experiencia. De todas formas es una buena adición a la biblioteca si se es un fanático de los shooters militares en tercera persona, y si eres de quienes creen que toda Latinoamérica es igual a México.

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