Estamos familiarizados con el infierno. No lo digo como una metáfora de la sociedad, lo digo porque el inframundo es un escenario que hemos visitado una y mil veces en toda clase de videojuegos. Hemos visto infiernos grotescos, peligrosos, escalofriantes y hasta cómicos. Se ha vuelto “un nivel más” para los ‘gamers’ y ha llegado hasta a aburrirme. Pero finalmente encontré una visión del averno que nunca había imaginado… y está en un juego de “patinaje”.
Skate Story es una obra especial. No puedo decir simplemente que “es un juego de ‘skate’” porque aunque posee mecánicas similares a las de juegos como Tony Hawk Pro Skater, tiene unas ideas narrativas, visuales y sonoras que lo convierten en algo muy diferente.
Controlamos a un demonio hecho de cristal y dolor. Incapaz de dormir, decide devorar la luna. Vende su alma al diablo a cambio de una patineta y aunque todo el inframundo se opone a sus propósitos selenofágicos, va a grindear por los nueve abismos hasta que la luna —las siete lunas— descansen en su vidrioso estómago.
El surrealismo que hay detrás de esta sinopsis está presente en casi todos los demás elementos de Skate Story. En este bizarro infierno, una tienda de bagels atendida por una rana y rodeada de los lamentos de almas torturadas es tan normal como perseguir una bolsa llena con la ropa sucia del diablo por carreteras serpenteantes. Es una comedia de lo absurdo y lo más ridículo de todo es que nuestro recorrido por este mundo se hace a bordo de una tabla de skate.
Cada cierto tiempo me vi forzado a detener las ruedas para poder apreciar lo familiarmente extraño que resulta todo. Estoy seguro que la mayoría de elementos de los escenarios —el asfalto, los edificios, las estatuas y hasta los esqueléticos y animalescos habitantes del infierno— son objetos prediseñados adquiridos en una tienda de ‘assets’, pero la ambientación creada a su alrededor les da una gran ‘textura’ y mucha personalidad. Una atmósfera onírica lo cubre todo y el filtro de baja fidelidad hace que se sienta como una sesión de patinaje grabada en los años noventa con una cámara casera. Transmite “vibras” únicas que no se parecen a nada que haya jugado antes.




Hacer “ollies”, “nollies”, “grinds”, “shuvits“ y demás movimientos que recordamos de nuestros experimentos adolescentes con una patineta —o de nuestras experiencias jugando THPS— no es algo especialmente complicado. Realizar trucos en rápida sucesión sin repetir aumenta nuestro contador de combos. Podría quejarme de que hacen falta ‘half-pipes’ y técnicas aéreas, pero en realidad no importa porque ese no es el foco del juego. La mayoría de secuencias en las que debemos cruzar una carretera o explorar una sección del inframundo no nos piden nada más que llegar al objetivo y no se preocupan por nuestro desempeño con la tabla en lo más mínimo. “Morir” tampoco tiene grandes consecuencias. Que el skater esté hecho de cristal es un apropiado comentario sobre la fragilidad humana al realizar actividades como ésta, pero lo único que perdemos es el contador del combo o reiniciar el enfrentamiento contra un ‘jefe’.
Esto no es una crítica negativa. Al contrario, aplaudo esa decisión del desarrollador Sam Eng porque de ese modo resalta una de las mayores cualidades de la cultura skate: la autoexpresión. Aunque eventualmente encontramos jefes y obstáculos que exigen completar combos rápidamente y con habilidad, durante casi toda la experiencia vamos a hacer trucos solo porque queremos. Hacer un ‘grind’ largo o un combo de cientos de miles de puntos no es necesario en ningún momento, pero es muy satisfactorio y Skate Story nos anima a intentarlo simplemente por diversión o por reto propio. Por supuesto, los altos puntajes se convierten en “almas” que podemos usar para comprar nuevas tablas y personalizarlas, pero sigue siendo algo completamente opcional.

Me encanta esta forma de representar el skate porque recupera su naturaleza contracultural e irreverente. Para muchos, la serie de Tony Hawk —y buena parte de la escena skater en el mundo real— se “corporatizó” y traicionó los valores de rebeldía juvenil que solía tener. En Skate Story, el skater de cristal se está oponiendo a un sistema agresivamente burocrático y restrictivo. Incluso hay un momento en que descubrimos que las mismas actividades del skater están siendo manipuladas y usadas por el sistema para su propios propósitos, lo cual es una metáfora bastante apropiada para la cultura skater moderna. Es, junto a otros títulos independientes como Umurangi Generation y Sludge Life, uno de los pocos juegos verdaderamente ‘punk’ que existen.
Pero el ‘punk’ no es el género musical de su elección. La mayoría de la música que acompaña los extraños momentos que vivimos en el juego está firmada por la agrupación indie Blood Cultures y nos ofrece melodías lofi de pop psicodélico que oscilan entre el ‘chillwave’ y la electrónica más agresiva. No todas las canciones del juego son una maravilla —hay tonadas con estilo ‘jazz’ que encajan bien con el juego pero no me convencieron— pero no hay duda de que son una parte imprescindible de su personalidad.
Tomando en cuenta la enorme importancia que tiene la ambientación en Skate Story, su bizarra trama y lo “relajado” que es respecto a sus mecánicas de juego, me siento cómodo describiéndolo como “un juego de ‘vibras’”. Los jugadores que jueguen solo “para pasárselo” o conseguir todos los logros/trofeos no lo van a disfrutar tanto como los que se tomen su tiempo dejándose envolver por la música, se dejen sorprender por sus extraños personajes y aprecien la poética pero grotesca belleza de sus diálogos e historia.
De hecho, en esta historia hay un personaje llamado Larry que puede describir la experiencia del juego mucho mejor de lo que yo podría.

Creo que muchos van a describir a Skate Story como un juego que pone “estilo sobre sustancia”, pero no creo que eso se pueda aplicar aquí porque su estilo es su sustancia. Incluso si quitara los enfrentamientos contra jefes y los momentos que exigen realizar combos, seguiría apreciando mucho la forma en que este juego presenta el amor hacia el skate. No se trata de puntuaciones ni de competencias, se trata de diversión y expresión. Incluso si los demonios del infierno nos persiguen para evitar que devoremos la luna, hay espacio para un ‘ollie’.
Reseña hecha con una copia digital de Skate Story para PS5 brindada por Devolver Digital. El juego también está disponible para Nintendo Switch 2 y para PC mediante Steam.



