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The Last of Us: Parte II – Reseña

Es un mundo cruel por naturaleza y no podemos detenerlo.

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“Al contemplar la naturaleza es muy necesario tener siempre presente las consideraciones precedentes; no olvidar que todos y cada uno de los seres orgánicos puede decirse que están esforzándose hasta el extremo por aumentar en número, que cada uno vive a merced de una lucha en algún período de su vida; que inevitablemente los jóvenes o los adultos, durante cada generación o repitiéndose a intervalos, padecen importante destrucción.”

–Charles Darwin, El origen de las especies


La siguiente reseña hace mención a personajes y elementos del juego más no a detalles de la historia o spoilers.


¿Qué pasaría en la Tierra tras desaparecer la mayoría de humanos? Mientras la ciencia ha hecho sus propias conclusiones al respecto y nuestro mundo actualmente transcurre en medio de una lamentable pandemia global, es una pregunta que inevitablemente nos hacemos, pero que jamás esperaríamos ser enfrentados con una respuesta de manera tan gráfica. Una respuesta incómoda dada la situación real pero reveladora en el mundo de The Last of Us, arrasado desde un ficticio 26 de septiembre del 2013 y con historia ubicada 20 años después.

La naturaleza siguió su curso y el cordyceps es el gran protagonista. Muy a diferencia del pasado, las urbes se llenaron de verde rebosante con flora y vida microscópica, así como de otras mutaciones non sanctas. Alfombras de color esmeralda decoran lo que antes eran vías exclusivas para automóviles; cortinas de vegetación cuelgan de los hogares donde antes hubo calor familiar, peleas, amor, llanto o felicidad. Han pasado cuatro años más y la Madre Tierra parece estar mejor sin humanos puros, mientras los pocos que quedan se eliminan entre si o en su defecto son usados como “fungimarionetas” por la misma naturaleza, aburrida del que en otros tiempos era su mayor depredador.

Los opulentes edificios de antaño ahora solo son tristes y decadentes monumentos, la vida como la conocíamos es más distante todavía en The Last of Us: Parte II que en su entrega original de hace siete años reales. El beneficio visual es claro incluso si lo comparamos con la version remasterizada de su predecesor, pero la ambición de Naughty Dog a la hora de expandir su creación va más allá de los gráficos, pues apunta a lo jugable como debe ser.

Cómo duele crecer

Darwin afirmaba en su teoría científica que la “lucha por la existencia” aplicaba no solo al individuo, sino al éxito de dejar descendencia. Así como en algunos casos la relación simbiótica entre plantas y animales. Como analizábamos en una ocasión previa, Ellie es para Joel la representación de esa hija que no pudo salvar. Con el paso de los años y el cambio de niña a mujer, viene la típica barrera invisible que brota entre padres e hijos. Pero somos testigos de tiempos mejores. Mientras en The Last of Us tomábamos el papel del protector Joel, con el ocasional control sobre Ellie, su versión adulta en esta segunda parte nos permite aplicar lo aprendido pero también visitar otros puntos posteriores al final del primer juego, en su camino a la adultez. Pese a los obstáculos, la química entre ambos sigue viva y da para momentos emotivos en esta relación prácticamente paternal.

La relación simbiótica entre los humanos y el cordyceps es otra cosa, pues solo evoluciona con el tiempo en formas no gratas. Conocíamos a los corredores, acechadores, chasqueadores y gordinflones, las cuatro etapas básicas de los infectados por el parásito cordyceps. Sin contar la apariencia final estática de los tocones, que solo expulsan esporas. A estos se suma un nuevo miembro en la cadena de mamíferos con hongos y son los denominados tambaleantes, que al contacto con su presa explotan los sacos de esporas que pululan de sus deformados torsos. Como otros infectados con hongos severamente desarrollados, son altamente vulnerables al fuego y en medio de todo menos mortales que los mismos gordinflones con su descomunal fuerza “abre-quijadas.”

El ruido que genera cada fase de criatura sigue siendo de lo más estremecedor en TLoU: Parte II, aspecto donde los chasqueadores reinan, y resulta en un relevante factor a la hora de enfrentar largos grupos de infectados para descubrir su ubicación individual. Para ello es recomendable el uso de audífonos, generando con ello más tensión masoquista a la mezcla. En el caso de los acechadores, silenciosos y ágiles que se esconden para sorprender a sus víctimas, su poca aparición en el primer juego es recompensada con creces en esta ocasión para infortunio del jugador.

Un paseo por la ciudad esmeralda

No recorremos nuevamente medio país ni cuatro estaciones como en el primer encuentro de Joel con la adolescente Ellie. Pero sí somos enviados de las nieves de Jackson, Wyoming, hasta la ciudad más grande del estado de Washington, que recibe su apodo justamente por la cantidad de árboles y vegetación –ahora multiplicados– que rodeaban la urbe en mejores épocas. Con Seattle, la secuela ofrece exploración menos lineal y la libertad de elegir la ruta por tomar hacia un objetivo específico. Estos amplios exteriores están acompañados por espacios interiores en ocasiones interconectados, con lugares para recolectar recursos pero no sin la amenaza de infectados… o humanos.

Como es bien sabido, los humanos son el mayor peligro en este nuevo mundo y las diferentes facciones que descubrimos en el camino así lo dejan claro. Los Lobos (por su siglas en inglés WLF, Frente de Liberación de Washington) son una de las facciones en guerra por el control de la zona, nacida como resistencia cuando la ciudad estaba en cuarentena pero convertida en fuerza paramilitar. Aparte de sus soldados con armas de fuego, son sus mejores amigos las herramientas de contraguerrilla más despiadadas introducidas en esta segunda parte: los perros.

No solo cada miembro de estos grupos tiene su propio nombre y sus compañeros lo reconocen con horror en caso de verlo muerto, sino que cada canino también ha sido bautizado, y empezará a gemir angustiado en caso de ver desfallecer a su amo sin explicación, como por causa de una flecha. O a atacar endiabladamente a la culpable Ellie en caso de oler su rastro, porque esa es su mejor arma. A los infectados ciegos se les puede evadir moviéndose en silencio, pero al delicado olfato de los perros no se engaña fácilmente, sus mordidas son letales y la única salvación es no quedarse quieto hasta que el rastro de olor se esfume.

En otra esquina de la arena están los Serafitas, secta de fanáticos con hachas en mano y un sistema de comunicación único por medio de silbidos. Su arma favorita es el arco, rívales dignos que causan considerable daño silencioso, comparables en este sentido a los acechadores por parte de los infectados. Porque claro, el fanatismo es dañino incluso en el post-apocalipsis.

Como una serpiente

Naughty Dog ha puesto un dedicado esfuerzo en perfeccionar la mecánica del sigilo y la manera en que los enemigos reaccionan a las acciones del intruso. De manera vital y recomendable en su mayoría, Ellie es capaz de moverse en cuclillas, pero ahora también puede recostarse en el suelo y arrastrarse entre la maleza, como si se tratase de cierto exagente renegado con nombre en código de reptil. Las comparaciones no se quedan ahí, pues el poder agarrar a los enemigos por sorpresa antes de deslizarles un cuchillo en su cuello pertenece más a miembros de fuerzas especiales.

En una era donde hemos visto reducir en participación al género stealth, que TLoU: Parte II nos brinde las herramientas necesarias –incluyendo pero no limitado a la fabricación casera de bombas molotov, minas, silenciadores, aturdidores– para llevar a cabo una infiltración exitosa, lo deja en alto como un decente exponente moderno de la mecánica de sigilo y de los épicos combates de  uno contra todo un ejército. El único punto difuso es que estos escenarios casi que obligan al “estilo Espartaco”, la eliminación total de todos los rivales, para no dejar un solo recurso sin recolectar.

Es el precio de la supervivencia, vivir sin remordimientos.

Un aplauso a las generosas opciones de accesibilidad de las que el juego hace gala, la manera en que el desarrollador piensa en todos los públicos objetivo para que la experiencia sea limpia, y no simplemente un caprichoso obstáculo artificial.

The Last of Us: Parte II
9.2/10 Nota
Lo que nos gustó
-El sigilo como mecánica aplicada en detalle.
-Las voces originales de Ellie (Ashley Johnson) y Joel (Troy Baker).
-Los diferentes recuerdos jugables.
-Inmersivo ambiente sonoro.
-Cartas coleccionables de un curioso metaverso de superhéroes.
Lo que no nos gustó
-Muy sutil el ocasional ronroco de Gustavo Santaolalla, comparado con el primer juego.
-Hay más lobos que caballos (?).
En resumen
Crudo. Salvaje. Inmisericorde. The Last of Us: Parte II nos permite simpatizar de una forma más profunda con Ellie, a quien conocemos desde que era una adolescente y hemos visto pasar por diferentes clases de sufrimiento o alegría que la han convertido en una guerrera, valiente, autosuficiente y ciertamente rebelde. Cuando personajes así llegan a un momento crucial de su vida solo podemos entregarnos y acompañarlos en la travesía, aún si eso significa enfrentar hordas de infectados, armadas facciones militares y defenderse de todo lo que se mueve en un mundo donde impera la ley del más fuerte. La naturaleza es cruel, la vida injusta y el poder de la elección una ilusión, pero esta segunda parte permite darle la vuelta a esos preceptos y así enfrentar en alto las consecuencias de nuestros actos en un determinante cierre.

Reseña hecha con una copia digital de The Last of Us: Parte II para PlayStation 4 brindada por Sony Interactive Entertainment.

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1 comentario

1 comentario

  1. Clase Tecnologías

    junio 13, 2020 en 15:20 pm

    Excelente reseña, espero poder jugar pronto.

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