Es un año importante para Nintendo y The Pokémon Company, pues dos de sus propiedades intelectuales más importantes se pueden dar el lujo de contar 35 y 25 años de existencia, sin que eso signifique una reducción en popularidad.
Todos los días los videojuegos cumplen años, pero estos aniversarios son especiales. The Legend of Zelda, que debutó en Japón un 21 de febrero de 1986, hizo parte de la infancia de una gran mayoría de videojugadores, evolucionando a la par de los mismos con gráficas en 8 y 16-bit, pegando el salto al 3D, luciéndose en cel shading y añadiendo más realismo a sus aventuras al igual que remasterizaciones. Por su parte, un más juvenil Pokémon, que llegó al mundo oriental el 27 de febrero de 1996, nos convirtió en entrenadores de criaturas de bolsillo, cuya dinámica de juego no ha variado mucho en todos estos años, pero que se expandió en una descomunal cantidad de productos alternos.
Como adultos es nuestra labor enseñarles a las nuevas generaciones cuáles fueron esos juegos que nos sumergieron en esta apasionante industria, y aunque hoy en día las relucientes gráficas, historias y jugabilidad de tantos títulos en el mercado hablan por sí solas, hay que respetar a los ancestros por su sabiduría. Eso precisamente es lo que son Zelda y Pokémon.
Al mejor estilo del Alto Mando (x4), recordamos eso que nos atrajo -o no- de estas dos grandes franquicias, de paso animando a quienes nunca las hayan probado por distintas razones, a que les den una oportunidad. Nunca es tarde para hacerlo, para muestra el exitoso relanzamiento de Pokémon Red, Blue y Yellow en 3DS, donde muchos jóvenes dejaron atrás el estigma de las gráficas y escogieron algo de jugabilidad adictiva. O como nuestro excompañero Alex León hace unos años, que nunca había jugado un The Legend of Zelda y ahí estuvo contento haciéndole ‘streaming‘.
Nunca es tarde para los buenos juegos. NUNCA.

Viviendo la leyenda
Por David Infante
La primera consola que toqué en mi vida fue un Nintendo 64. Para ese entonces, solo tenía cuatro juegos de los cuales tres se convirtieron en mis favoritos, International Super Star Soccer 64, Cruis’n World y The Legend of Zelda: Ocarina of Time. Si, quizá este título es algo sobrevalorado teniendo en cuenta otros de la franquicia (me gusta mucho más Twilight Princess y The Wind Waker), sin embargo, no puedo dejar de pensar en el primer juego de la saga que conocí y los recuerdos que me genera.
Recuerdo particularmente que por un tiempo no podía pasar más allá de Ghoma, el primer jefe, porque desde mi perspectiva como niño con no más de 10 años era imposible de vencer. Luego de un tiempo pude superarlo, pero la misma sensación llegó cuando me enfrenté a Phantom Ganon y Volvagia, los jefes del templo del bosque y del fuego respectivamente.
Hoy, reconociendo que Ocarina of Time es uno de los juegos más fáciles, casi que tengo un mapa trazado de lo que se debe hacer en cada lugar y con cada jefe, pero haciéndolo me es inevitable acordarme de los cientos de horas que invertí tratando de superar la carrera de Epona, el contrarreloj para obtener la Biggoron’s Sword y superar la primera fase de la pelea de Ganondorf. Para esta última incluso llegué a soñar con la posible forma en la que debía enfrentarme. Así de obsesionado.
Quizá es algo cliché, pero de verdad Ocarina of Time tiene un espacio dedicado en mi corazón por ser la puerta a esta maravillosa franquicia y por brindarme mi primera épica aventura.

Por Mateo Riveros
Mi primera introducción a la saga fue cuando tenía 6 años, específicamente cuando un amigo me invitó por primera vez a su casa a jugar Nintendo 64. Aunque principalmente jugábamos Super Mario 64 y GoldenEye, mi amigo no tardó en introducirme a The Legend of Zelda: Ocarina of Time. Si bien el juego contaba con excelentes gráficos y algunas mecánicas innovadoras para la época, el título nunca logró atraparme como otras exclusivas de la consola de Nintendo.
Tan solo unos meses después, los padres de mi amigo le regalaron el último título de la franquicia. The Legend of Zelda: Majora’s Mask era un juego mucho más oscuro y la introducción del mismo bastó para dejarlo claro. Si bien añadieron nuevas mecánicas y perfeccionaron algunas de las que debutaron en el anterior título, era la ambientación terrorífica y la premisa del juego lo que me atrajo al mismo. Quizás fue la sensación de sentirme amenazado por algo que a primera vista no suponía, valga la redundancia, una amenaza, lo que me permitió disfrutar el título mucho más que The Legend of Zelda: Ocarina of Time. Por desgracia, no fue sino hasta varios años después que tuve la oportunidad de terminar la aventura.
Incluso teniendo en cuenta lo mucho que adoro The Legend of Zelda: Majora’s Mask, no puedo considerarme un gran fan de la saga, ya que tan solo he poseído legítimamente un juego de la saga, siendo este The Legend of Zelda: Twillight Princess. No obstante, tal pecado (como lo definirían los fans ‘hardcore’ de la saga) no me impide ver por qué The Legend of Zelda es una de las mayores franquicias del mundo de los videojuegos.
Por Óscar Niño
Admito que durante la popular era del N64, todos querían jugar Majora’s Mask. En esa época yo muy poco sabía de videojuegos, pero si estaba interesado en el tema. Compraba las revistas Club Nintendo (aún conservo algunas) y conocía más detalles de aquel héroe de Hyrule.
A pesar de que mi primer juego fue Majora’s Mask y toda mi vida quedé marcado por la popular frase “You’ve met a terrible fate, haven’t you?”, pienso que mi mayor alegría fue gracias a The Legend of Zelda: The Wind Waker.
Por alguna razón siempre he tenido un gusto por artes diferentes en los videojuegos, ese fue el primer indicador de mi gusto por el juego. Ver a ese Link medio cabezón y muy ojón me encantaba, igual que Tetra junto a sus secuaces. En la época del GameCube no había nada más bello que recorrer los mares con tranquilidad, sensación que solo repetí con los paisajes norteamericanos y mexicanos de Red Dead Redemption.
Por encima de Ocarina of Time, A Link to the Past, Majora’s Mask y otras grandes joyas de la franquicia, para mí The Wind Waker ha sido una de las mejores historias de TLoZ. La única vez que sentí un cambio similar a lo que vi en WW fue el Skyloft de Skyward Sword (que lamentablemente lo tengo, pero no lo he terminado). Actualmente el ‘remake’ HD es mi gran motivación para comprar un Wii U, será una inversión a futuro, o bueno, eventualmente en Switch si vuelve a ser lanzado.

Por Cesar Nuñez
Revistas Club Nintendo, mi vida como infante videojugador estaba ligada a ellas como la Master Sword a Link. Fue en una de esas en 1991 cuando conocí el nombre The Legend of Zelda, y como buen niño creí que Zelda se llamaba el protagonista. En esa época mis familiares se empeñaron en regalarnos a mis hermanos y a mi versiones clónicas de consolas como el Famicom o NES (por acá llamadas Family y Creation), y en aquellas nunca encontré un Zelda incorporado. Ahora entiendo que era por limitaciones técnicas.
Un par de años después ocupé el tercer puesto en un concurso de dibujo organizado por Nintendo en conjunto con el periódico El Espectador. Gané un NES Challenge Set que venía en bundle con Super Mario Bros 3. Tiempo después conocería en dicha consola el primer The Legend of Zelda y… me perdí mucho, creo no haber pasado del tercer calabozo, así que lo dejé. No era muy afín a leer guías. El impacto siguiente con la saga no sería sino hasta 1998 con el salto al 3D de Ocarina of Time en N64, que pude jugar bien solo hasta dos años después, pero cuyo viaje en el tiempo me pareció increíble, el lapso de día/noche y la musicalización en general. En Majora’s Mask no veía por encima nada diferente a OoT, por supuesto estaba MUY equivocado y eso me negó darle la oportunidad.
Pero entonces llegó The Wind Waker, fue extraño al comienzo e hice parte de la horda de críticos por un leve momento, pero solo había visto fotos en revistas. Cuando pude probarlo y sentir por primera vez libertad total en un inmenso océano abierto (con ciertas limitantes naturales), navegar en pleno ocaso y visitar 64 islas con secretos y tesoros, me convencí del gusto por la leyenda de Zelda y aquella entrega favorita. The Minish Cap haría lo mismo en mí con la línea 2D y Skyward Sword en la 3D, vaya par de joyas.
Mejor que nadie más
Por David Infante
Hace mucho tiempo se me ofreció la oportunidad de escoger entre un Game Boy Color ‘Atomic Purple’ y un PSone. En mi total ignorancia y a pesar de los gritos de desesperación de otros niños, escogí lo que sería mi primera consola portátil en la vida, y la verdad, no me arrepiento para nada.
Si, al principio no tenía NADA que jugar, pero es que yo tenía un precedente. Había jugado Pokémon Red en emulador para PC. Mi sueño, para ese entonces, era jugar Pokémon Yellow y lo hice. Igualmente, con un cartucho prestado, volví a ponerme en los zapatos de Red en Pokémon Red sin remordimiento. Pero a estas alturas, lo que más recuerdo es a mi combinación favorita en cualquier juego de la franquicia.
Typhlosion, Tyranitar, Lugia, Suicune, Pidgeot y Sneasel fueron los Pokémon con los que terminé Pokémon Silver, mi juego favorito en toda la saga. ¿Por qué? Bueno, fue el primer título en que llevé a dos de mis personajes de equipo a Nivel 100 (los primeros dos que mencioné). Segundo, me encanta la segunda generación de Pokémon tanto por el diseño de criaturas, como por lo que representa la historia en cuanto a mitología.
Tercero, Suicune. Debo confesar que Entei y Raikou se escaparon de mis manos, pero Suicune, recuerdo que lo capturé en lo que quizá fue la batalla más intensa del juego. Mi mayor proeza fue obtenerlo sin necesidad de usar la Master Ball, así que podrán imaginarse todo lo que tuve que hacer para tenerlo en mi equipo. Sí, eso también incluye haber reseteado la sesión más de una vez.
Lo único que lamento de Pokémon, es no haber seguido con la franquicia desde la salida de Pokémon Black/White.

Por Mateo Riveros
Si hay algo de lo que me arrepiento en lo que se refiere a gustos en videojuegos, es que no me gustaban los RPGs por turnos cuando era pequeño. Me parecía un género tan lento y aburrido que ni me dispuse a darle una oportunidad, a pesar de que sabía del éxito de franquicias como Final Fantasy y, por supuesto, Pokémon. Sin embargo, no fue mediante los juegos que conocí la saga, sino por medio de la serie.
Así es, como la mayoría de chicos y chicas de los noventa, Ash “Salsa de Tomate” se encargó de mostrarme el mundo de los Pokémon. Por supuesto, soy uno de los muchos que dejó de ver la serie después de Johto, debido a la frustración que me causaba el protagonista por su inhabilidad para ganar un torneo. Al parecer, después de más de una década, eso no ha cambiado.
A pesar de lo anterior, no puedo negar que disfruté mucho Pokémon durante esas primeras temporadas, pero no fueron suficientes para incentivarme a jugar los títulos. Incluso cuando un amigo tenía Pokémon Stadium, prefería verlo que jugarlo. No fue hasta muchos años después, gracias a Megaman X: Command Mission, que supe apreciar los RPGs por turnos. No obstante, ya sea por falta de ganas o de tiempo, todavía no he jugado ningún título de la saga.
¿Quién sabe? Una vez me desocupe (o me aten a una silla), valdría la pena darle una oportunidad a la famosa franquicia. Al fin y al cabo, algo tiene que haber hecho bien si ha llegado a las dos décadas.
Por Óscar Niño
¡LUGIA POR ENCIMA DE TODOS LOS LEGENDARIOS!
Ahora que ya empecé demostrando mi gusto por Lugia, puedo revelar que mi juego favorito siempre se lo han peleado Pokémon Gold (GBC) y Pokémon Emerald (GBA). Mi primer acercamiento con la franquicia fue la popular serie y aún en esta época mi parte favorita sigue siendo la liga Johto, por ende, arranqué con Pokémon Gold.
En esa época no tuve Game Boy, entonces tuve que aprovechar de vez en cuando que mi primo compraba pilas y me lo prestaba. Recuerdo que le invertí unas 100 horas al juego y llevé a mi Feraligatr a nivel 80. Luego llegó Hoenn con Pokémon Ruby/Sapphire/Emerald y tuve la oportunidad de comprar un Game Boy Advance para disfrutarlo en su máxima expresión. Pasé por más de 200 horas tratando de llenar el PokéDex, lamentablemente no pude, pero sí recuerdo haber iniciado el juego un par de veces para probar los iniciales.
Actualmente admito que no me emocionan tanto como antes, pero innegablemente durante toda mi niñez si disfruté enormemente jugar Pokémon. Ahora estoy buscando una copia de SoulSilver para DS con la esperanza de comenzar de nuevo toda la campaña de Johto y seguir presionando “A” como un loco, para ver si de pronto Lugia no se me vuela en la pokébola #50 y me provoca ponerme a llorar.

Por Cesar Nuñez
Un noticiero en 1996 hablaba sobre un polémico ataque de epilepsia en Japón, debido al efecto de luces en un capítulo de la serie animada Pokémon, algo que afectó a personas fotosensibles y en especial niños. Fue la primera vez que escuché la palabra y vi a aquel roedor eléctrico amarillo. Dos años después en el colegio un amigo llevó el hermoso Game Boy Color ‘verde lima’ con un cartucho de Pokémon Yellow, al tiempo que la famosa serie animada llegaba al país. El juego estaba basado específicamente en la serie, y el flechazo fue inmediato.
No solo era el Pikachu detrás del jugador, sino cada uno de los 151 Pokémon basados en animales e insectos reales, de una primera generación simplemente perfecta, quizás por aquello de la novedad. Como no tenía Game Boy pero si muchas ganas de jugarlo inventé una solución: hice mi propio juego de rol de Pokémon en papel. De un afiche original (que venía en el CD ‘soundtrack’) recorté todos los Pokémon, dibujé fondos de batalla y mapas, le apliqué reglas de juego con dados y ‘voilá’, estaba jugando Pokémon. No como Nintendo querría, precisamente.
Un par de años después descubrí el intrigante universo de los emuladores antes de acabarse el siglo pasado y me desquité con Yellow, incluso jugando Gold y Silver en japonés porque no estaba localizado aún. No contento con eso, cuando el Game Boy Color por fin llegó a mis manos repasé varias veces Red y Blue, hasta con cartuchos en español que para entonces eran rarezas. Una campaña la pasé solo con Squirtle en lo que para entonces no se llamaba «nuzlocke». Devoré cuanto juego de Pokémon lanzaron en N64 y Game Boy Color, incluyendo ‘spin-offs’. Con la salida de Crystal pude completar la segunda generación y descubrir por qué es la mejor de toda la franquicia. Dos regiones, 16 gimnasios, cantidad justa de criaturas, reloj en tiempo real; es perfecto, así como sus remakes con PokéWalker incluido.
Tras terminar Ruby le perdí el rastro a la serie de juegos, de la animada ni hablar porque lo bueno fue hasta Johto, como decimos todos. Con el lanzamiento de HeartGold/SoulSilver para DS sentí un obligatorio llamado de volver, y eso significó actualizarme con Platinum (no muy interesante al probarlo después de SoulSilver), seguir con Black (elegante “reboot”), Black 2 (¿dónde está Gray?) y un decepcionante X. En 3DS no me quedaron ganas de probar Alpha Sapphire u Omega Ruby.
Me gusta lo retro, por eso escribo artículos relacionados y le guardo tanto cariño a las ediciones clásicas de Pokémon, sin embargo creo que esa chispa inicial es algo muy difícil de emular por otras franquicias. El lado bueno moderno (por allá en 2012), es que DS nos dejó un ‘spin-off’ espectacular en el extraño ‘crossover’ de Koei Tecmo conocido como Pokémon Conquest, con personajes adultos de la era Oda Nobunaga en el Japón feudal.
Touché.



